TORTURA DE PEZONES
Sin entrar en demasiados detalles, diré que hacer daño me resulta divertido y tener de vez en cuando en mis manos a alguien que soporte mi sadismo, me viene genial.
Hay puntos en el cuerpo de un hombre que son evidentemente sensibles, que pueden reducirlo a cero con un golpe certero. Pero hay otros, mucho menos evidentes, que dan mucho de sí. Dos interruptores que abren directamente la puerta al dolor, al placer y/o a la sumisión más absoluta. Es curioso y excitante descubrir cuánto se puede conseguir jugando con esa parte de la anatomía del hombre que muchas veces pasa desapercibida.
Mención especial merece la cantidad de material que se puede utilizar para entrenarlos o torturarlos.
Un clásico son las pinzas, con o sin pesas, con o sin cadenas. Las Japonesas, las Medical Tube o el clásico Fórceps. Tras colocarlas puedo dedicarme a otros asuntos que tengan o no que ver con el esclavo, mientras que para él empieza a resultar imposible pensar en otra cosa que no sea la sensación que le provoca llevarlas. Después puedo tirar de ellas, golpear las pesas con la punta de los dedos o ejercer más presión sobre los cierres y observar, divertida, como un gesto tan sencillo consigue que se estremezca o se retuerza de dolor.
Uno de los valores añadidos de esta práctica es poder usar elementos cotidianos que vemos casi a diario.
No hay que despreciar las pinzas de tender, ni las de madera de toda la vida ni las de plástico. Diferentes formas, diferentes matices.
Si hay algo que me parece realmente alucinante, es el juego que dan las pinzas de papelería, esas que usamos para sujetar documentos. Son realmente duras, fáciles de utilizar y eficaces.
Ir a cenar sushi sin pensar en otras cosas es complicado tras haber usado en alguna de mis sesiones palillos chinos sujetos en sus extremos por pequeñas gomas para conseguir el efecto de los Thai Pain Sticks. En ambos casos, el efecto es similar. Estético, sencillo, potente y perverso.
Y, por descontado, no hay que renunciar al placer de estrujarlos entre los dedos...
El dolor no es sólo un medio para someter, para entrenar o para castigar. Tiene además la ventaja de la permanencia una vez que ha finalizado la sesión. Tras machacar un buen rato los pezones de un sumiso, sé a ciencia cierta que cualquier pequeño roce con la ropa unas horas después e incluso al día siguiente, le hará acordarse de mi y de mi sonrisa...





























